lunes, 8 de agosto de 2011

1992-2010, ESTANCADOS EN LA POBREZA

El Semanario

Las cifras del reciente informe del Coneval sobre la pobreza en México son una vez más escalofriantes, y dejan patente que los distintos gobiernos de México o no han hecho los esfuerzos necesarios para abatir la pobreza, o han fallado estrepitosamente en esa tarea, sobre todo en lo que concierne a la mejora de los ingresos de los mexicanos.

Aquí van algunos resultados. México, donde habita el hombre más rico del planeta, convivía en 2010 con 57.7 millones de pobres de patrimonio, esto es, ciudadanos que no tienen recursos para cubrir sus necesidades básicas de alimentación, salud, educación, vestido, vivienda y transporte. Esa cifra representa 5.4 millones más de pobres que en 2008, y 12.2 millones más que en 2006. Es decir, entre 2006 y 2010, en apenas cuatro años, 10% de la población mexicana cayó en la pobreza.

Respecto a 1992, un lapso de casi 20 años, la situación tampoco ha mejorado: hay 11.6 millones de pobres más en 2010 que a principio de la década de los 90, lo que simple y llanamente quiere decir que el número de pobres ha aumentado prácticamente en la misma proporción que la población. El resultado: más de la mitad de la población mexicana sigue siendo pobre. Si en 1992 era 53.1%, en 2010 alcanzaba 51.3%. Pocos avances para un país con tanta riqueza intelectual, un vecino tan poderoso, con el número más alto de acuerdos comerciales a nivel mundial y con las mejores universidades de Latinoamérica. Algo está fallando.

La pobreza extrema, la alimentaria, aquellos que no tienen ni para comer bien a pesar de gastar todo su dinero en alimentos, es dramática. En el 2010, 21.2 millones de mexicanos estaban en esa situación, casi un millón más que en 2008, y 6.5 millones más que en 2006, un incremento de 44%. En 20 años, el porcentaje de población en pobreza extrema se ha reducido de 21.4% a 18.8%, un logro a su vez demasiado magro (en números absolutos ha aumentado en 2.6 millones).

En los últimos cuatro años, el aumento de la pobreza como resultado de la burbuja en los precios de los alimentos y de la brutal recesión de 2009, ha más que contrarrestado la reducción en la pobreza lograda bajo el sexenio de Vicente Fox derivada del auge económico global. Y lo mismo sucedió en otras etapas de la reciente historia económica de México como en la devaluación de 1995.

Algo está fallando. Aunque ahora México puede presumir de una mayor estabilidad financiera, y buena muestra de ello es la capacidad de la economía mexicana para soportar sin grandes turbulencias los vaivenes financieros globales, eso no ha servido para ganar la batalla a la pobreza, que debe ser la prioridad número uno del país. Y eso quiere decir que la estabilidad financiera es condición necesaria para reducir la población más vulnerable, pero no suficiente. Y no lo es porque además de eso, se precisa una estrategia de desarrollo que genere un mayor crecimiento económico y vaya acompañada de una política de inclusión social de la que México ha estado huérfana.

Es decir, en tanto México no incorpore a los pequeños y medianos empresarios, a la mayoría no organizada, a la clase trabajadora, a la vanguardia económica del país; en tanto el consumidor siga insensible a las alzas de precio sin motivo alguno más que monopolístico de oferta y demanda, no se logrará reducir de manera sostenida la pobreza, más allá de los avances que se observen por los propios ciclos económicos. De no hacerlo, ni con las mejores universidades, ni con el esfuerzo del empresario preocupado por disminuir la pobreza en México, tendremos avances. Se fracasará en el intento de sacar de la pobreza a una mayor masa crítica de población para integrarla a la clase media, fundamental para dotar de estabilidad macroeconómica al país frente a las situaciones de auge y recesión propias de los ciclos económicos. Además, sólo así, creando una amplia clase media, se logrará ganar otras batallas importantes para México como la de la inseguridad ciudadana, la crispación social o la inestabilidad política.

Hay mucho trabajo por hacer.

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