viernes, 1 de abril de 2011

Los drones de Patricia Espinosa

Por Jorge Camil

Admiro a funcionarios como Patricia Espinosa. Miren que por amor a la camiseta, por ignorancia, o por temor al jefe, se plantan con desparpajo frente al Senado de la República a sostener lo que sea en televisión nacional. Dijo que los sobrevuelos del Pentágono son controlados por el gobierno mexicano. ¿Y cómo, señora secretaria, ejercemos ese inverosímil control? ¿Ellos, los gringos, vienen acá, o nosotros vamos al Pentágono? Y una vez allí, en el sancta sanctorum de la tecnología militar, ¿nos despachamos con la cuchara grande?

¿Intervenimos sus computadoras o nos sentamos calladitos al lado del gringo que las controla? Y al despegar el drone (abejorro), con el zumbido característico de estos misteriosos aparatos no tripulados, ¿nos limitamos a admirar lo que aparece en pantalla, o hacemos comentarios respetuosos mientras van apareciendo pedazos del territorio nacional? “Mira, John –interrumpimos quizá al operador–, desde aquí puedo ver mi casa”.

En opinión de la señora Espinosa, que sin ser ninguna constitucionalista habla como si lo fuera, mientras los sobrevuelos sean delineados y controlados por el gobierno mexicano no hay violación a la soberanía. ¿Debemos entender entonces que el trazo de los vuelos y los objetivos son fijados por un mexicano sentado junto al operador gringo? Esto pasa con las acciones encubiertas: crecen como bola de nieve que siempre va de mal en peor (Watergate, Irangate, Rápido y furioso). Si ahora nos prestan los drones para hacer piruetas cualquier día aterrizamos uno en el Zócalo.

Después de su desafortunada experiencia en el Senado, la canciller envió a Joel Hernández, consultor jurídico con rango de embajador, al Comité de Relaciones Exteriores de la Cámara de Diputados, a sustentar los sobrevuelos (algo equivalente a defender la existencia de círculos cuadrados). Hernández, sin citar artículos específicos ni dar mayor detalle (www.dossierpolitico.com), habló frente a los diputados de un triple marco jurídico: internacional, constitucional y legal (¿hay marcos jurídicos ilegales?), que le otorga al gobierno la facultad de autorizar el sobrevuelo de aviones extranjeros para fines comerciales y para otros fines. ¡Ah!, de pronto entendí. Para otros fines fue el clavo ardiendo al que se aferró la cancillería para justificar los vuelos militares del Pentágono.

El consultor citó la Convención de Chicago, que contempla el sobrevuelo de naves de Estado, que no es el caso, porque los drones son naves militares. Y en su esfuerzo por convencer, Hernández se puso poético. Transportó a los diputados al paraíso de islas, cayos, arrecifes y mares que menciona el artículo 48 constitucional (estoy seguro de que más de un diputado se imaginó echado frente a las aguas del Caribe). En esa disposición legal, de claro espíritu náutico, y casi al final, a manera de por nada y se me escapa, el legislador constitucional metió con calzador el espacio aéreo, e inspirado en el Catecismo del padre Ripalda concluyó que todo cuanto ha sido creado depende directamente del gobierno federal. Si esa disposición le permite a Felipe Calderón autorizar el sobrevuelo de aviones militares despídase de la soberanía.

Olvida la cancillería que quienes hablaron con The New York Times (15/03/11) revelaron que el tema de los vuelos no tripulados se ha mantenido en secreto por las restricciones legales de México y las acaloradas discusiones que surgirían en torno a las sensibilidades políticas sobre soberanía. ¡Albricias!, ya estamos ahí. ¿Qué sigue…?

Alejandro Poiré puso también su grano de arena para aclarar el tema de los sobrevuelos. Según él, ocurren en particular en la zona fronteriza (Milenio, 17/03/11). Pero como no precisó, discurrí que se refería a la frontera con Guatemala, porque los funcionarios estadunidenses entrevistados por el Times aseguraron que los aviones vuelan definitivamente sobre territorio mexicano y se asoman muy a fondo, para recoger con detalle comunicaciones y movimientos.

Hacer el ridículo frente a organismos importantes no es privilegio exclusivo de la diplomacia mexicana. Ahí está Colin Powell, distinguido militar, colega de la señora Espinosa, que armado con carritos de juguete intentó demostrar en el Consejo de Seguridad que Saddam Hussein escondía sus armas de destrucción masiva en camiones de doble remolque que estaban en constante movimiento para evadir a los inspectores. Intentó justificar la invasión de Irak con el mismo argumento de Patricia Espinosa: la trillada seguridad nacional. Un tema elástico que cubre más territorio que los mismos drones del Pentágono. Powell, al menos, avergonzado por el ridículo en Naciones Unidas, que dio la vuelta al mundo, renunció. ¿Hará lo mismo la señora Espinosa?

El problema tal vez no sea Patricia Espinosa sino Calderón, que para el académico Andrew Selee es intensamente nacionalista, pero también muy pragmático (Times). No es fan de Estados Unidos pero los necesita. Por eso está dispuesto a estirar los linderos políticos. Selee debió incluir al mismo tiempo los linderos jurídicos y la soberanía.

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