lunes, 19 de marzo de 2012

De amor y política - Hermann Bellinghausen


Hermann Bellinghausen

Resulta difícil negar el desconcierto que producen los llamados al amor en tiempos de cólera y rabia en distintas partes de América Latina, asociados recientemente con las fuerzas consideradas progresistas, o de izquierda, según la taxonomía que uno elija. Esas que el neoliberalismo empecinado desdeña como populistas, en una traducción superflua de lo que antes era el populismo de caudillos tipo Perón, Arbenz o Cárdenas. Lo que tenemos hoy en Venezuela o Bolivia, o bien en el programa del Morena mexicano, se debe interpretar como capitalismo moderado –o de rostro humano–, basado en recetas más o menos sensatas para sobrevivir a la indiferencia cruel de las corporaciones, la voracidad sin fondo de las burguesías nacionales (desnacionalizadas ya) y la seguridad interna del imperio.

El escritor inglés EM Forster (1879-1970), ciertamente no un progresista de izquierda, reflexionaba en los aciagos años de la segunda guerra europea acerca de los usos del amor en la vida pública. Integrante del proverbialmente elitista grupo de Bloomsbury (de fama por Virginia Woolf), tenía sin embargo ideas bastante originales y abiertas acerca de la aristocracia del espíritu, atribuibles a su homosexualidad que, como apunta Colin White, lo hacían sensible y tolerante con las clases subalternas, en parte por su propia condición marginal, y en parte porque su vida clandestina transcurría, más que en salones literarios, en pubs y barrios proletarios entre soldados, marineros y hasta proscritos. Descubrir que era posible sentir respeto y afecto hacia personas de muy diferente condición social abrió enormes posibilidades para Forster como escritor y como hombre (prólogo a En lo que creo, UNAM. Colección Pequeños Grandes Ensayos, 2004).

El volumen citado incluye dos espléndidos escritos complementarios: el que da título al librillo, y Tolerancia. Forster habla desde un mundo en riesgo, desesperado; su esfuerzo por resaltar los valores humanistas es heroico. Pese a la tentación casi religiosa de entonces por aferrarse al amor como salvación para el mundo de los individuos y su libertad, él duda que la cualidad espiritual indispensable para reconstruir la civilización sea el amor, como tiende a pensar la mayoría de las personas. Medio siglo antes de los Beatles, Forster disintió: no todo lo que se necesita es amor.

“Con todo respeto, pero también con toda firmeza, estoy en desacuerdo. El amor es una fuerza sustancial en la vida privada, es la mayor de todas, pero no funciona en los asuntos públicos; es algo que ya se ha intentado una y otra vez pero siempre ha fracasado –lo mismo en las civilizaciones cristianas de la Edad Media que durante la Revolución francesa, movimiento secular que proclamaba la hermandad del hombre. La idea de que las naciones deben amarse unas a otras o de que las empresas o las cámaras mercantiles deben amarse unas a otras o de que un hombre de Portugal debe amar a uno en Perú, del cual jamás ha tenido noticia, es absurda, ilusoria y peligrosa; nos conduce hacia un sentimentalismo confuso y azaroso”. Sólo podemos amar, discurre, lo que conocemos personalmente y no es mucho lo que podemos conocer de esa manera.

Según el novelista de Pasaje a la India, en los asuntos públicos, en la reconstrucción de la civilización se requiere algo menos dramático o emocional: tolerancia. Una virtud sin gracia, admite, aburrida, negativa. A diferencia del amor, siempre ha tenido malos pregoneros. Significa soportar a las personas. Nadie le ha escrito una oda ni erigido una estatua. No obstante, es la cualidad que más necesitaremos cuando se acabe la guerra.

Claro que aquella guerra no era como la nuestra ahora. Fue bastante peor en muchos sentidos, pero al menos clara en sus reglas y bandos. No admitía eufemismos idiotas como los nuestros.

¿Qué hacer? Hay dos soluciones, reflexiona Forster. Una es la nazi: si no te gusta la gente, mátala, segrégala y luego pavonéate por aquí y por allá. La otra, menos emocionante, es la vía de las democracias: “si no te gusta la gente, sopórtala como te sea posible; no intentes amarlos –no podrás y sólo acabarás agotado–, pero trata de tolerarlos”, pues sólo así puede construirse un futuro civilizado.

La tolerancia puede ser aburrida, pero también enciende la imaginación, ya que todo el tiempo tienes que imaginar que estás en los zapatos de otra persona, lo cual es un ejercicio espiritual deseable. Quizás cuando la casa haya sido terminada, pero no antes, entrará en ella el amor y, entonces la fuerza más grande de nuestra vida privada también gobernará la vida pública.

Nosotros estamos lejos de terminar la casa. Falta lo principal: recuperar el lugar para construirla, la dignidad sin miedo, la igualdad y la justicia que hoy nos quedan ridículamente lejos. Como enseñan los ocupas y los rebeldes de la plaza Tahrir, primero hay que indignarse, y organizar esa indignación.