miércoles, 27 de octubre de 2010

Del PAN a la mierda


Martha Anaya
Martha Anaya

October 27, 2010

Hermosas aves del paraíso adornaban las pequeñas mesas dispuestas en el Museo de Antropología. En las pantallas asomaba el rostro de Carlos Castillo Peraza y una frase recordaba “a diez años de su muerte”.

Doña Julieta López, viuda del yucateco conmemorado, recibía sonriente al primero de los prohombres panistas en llegar, el senador y aspirante a la presidencia del PAN, Gustavo Enrique Madero; y cedía luego el lugar a sus hijos: Carlos, Julio y Juan Pablo, para recibir a otros de los involucrados en el tablero de la sucesión del partido azul: Francisco Ramírez Acuña, Cecilia Romero, Blanca Judith Díaz.

Llegaban también los gobernadores del ala yunquista: Juan Manuel Oliva (Guanajuato), Marco Antonio Adame (Morelos) y el señor de los asquitos, Emilio González (Jalisco). Y junto con ellos, el secretario de Gobernación, Francisco Blake; el titular de Conagua, José Luis Luege; y el vapuleado secretario de Comunicaciones, Juan Molinar Horcasitas.

Los invitados circulaban entre los múltiples elementos del Estado Mayor Presidencial que custodiaban el lugar –dentro y fuera de los muros—con miradas inquietas, armas y perros, pues estaba por llegar el ciudadano Presidente de la República, según acostumbran anunciar los locutores del gobierno, acompañado por Luis H. Álvarez y César Nava.

Ocupado hasta el tope el sillerío bajo la blanca carpa inició la conmemoración con breves palabras del llamado “líder moral” del PAN que hoy recibe la medalla Belisario Domínguez en el Senado, seguido por un largo discurso de Nava en el que aseveró sin rubor alguno, y a manera de tonadilla musical –seguramente influenciado por Paty Lu– que en estos diez años de gobierno del PAN “hemos demostrado que es posible hacer el bien; bien y bien, hacer bien el bien.”

Fue entonces que llegó el aspirante que faltaba, Roberto Gil Zuarth. Se quedó de pie al fondo. Felipe Calderón lo ubicó y pidió a una edecán que le condujera a la primera fila, al lado de sus contrincantes, y ya desde ahí el chiapaneco disfrutó las anécdotas que contaría luego el Jefe del Ejecutivo sobre Castillo Peraza.

El ambiente era relajado. Se hablaba del yucateco –así lo asentaría el propio Calderón– como de “un buen maestro” y “el último gran pensador del PAN”. Germán Martínez, sentado entre el público, escuchaba en silencio. Nada se diría acerca de la renuncia al PAN de Castillo Peraza, ni de su desencuentro con Calderón, ni de la famosa carta que le escribió a propósito de sus defectos. Con gran orgullo, como si se siguieran al pie de la letra sus ideas, se hablaba del “ideólogo de la transición política mexicana”, para el hombre cuya fe en el diálogo “sembró la idea de que era posible la alternancia”.

Finalmente se leyeron –a Luis Felipe Bravo Mena le tocó hacerlo en una ocasión– algunos pasajes escritos por Castillo Peraza y ahora reunidos en tres libros que este día se presentaba: Más allá de la política, La plaza y la tribuna, Doctrina e ideología.

Nosotros elegimos uno (éste no se leyó en público) de su época de sesentayochero que aparece bajo el título “La ética del perdón” y que inicia así:

“Hemos vivido muchos años en México como un país de sobreviviente. Un país donde debe haber diez santos, treinta estoicos y sesenta masoquistas que no han sido contaminados por un sistema que nos ha obligado a todos a sobrevivir como podamos. Si empezamos a tirar hilos en una operación mani pulite –manos limpias—no sé quién va a cerrar la puerta…

“Pero, como resolución global para el problema del país creo que no nos queda otra que refundarlo con un acto público y contrito de perdón. Si no, no vamos a poder volver a empezar. Y va a pasar lo que decía Maritain: ‘aquí no habrá cambio real, sino una volteada de estiércol’. Yo recuerdo –porque soy sesentayochero—que cantábamos guitarra en mano: ‘Cuándo querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda’. Y no nos dábamos cuenta que esto era sólo darle la vuelta a la misma cosa, pero no había cambio alguno. Y tiene que haber un cambio: así no podemos seguir.

“…Tenemos que pintar una raya porque si no vamos a estar removiendo estiércol por toda la eternidad. Y lo único que vamos a lograr es que cada seis años pasen del pan a la mierda y de la mierda al pan los que estaban del otro lado. Perdón, pero así es.”

En el libro no aparece cuándo escribió lo anterior Castillo Peraza, pero queda claro que fue aún en tiempos en que gobernaba el PRI. Sin embargo, bien pudo haberlo escrito antier, ayer u hoy.

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