El tigre asiático está acumulando poder y va por más. En medio de la grave crisis económica que aún azota a las economías más poderosas del planeta, China no parece inmutarse; por el contrario, tiene mucho que presumir: alcanzar un crecimiento de dos dígitos, sostener los altos niveles de exportación y, además, incrementar consistentemente su enorme mercado interno. Gracias a ello está a punto de rebasar a la economía japonesa para convertirse en la segunda más poderosa del mundo, al cierre de 2010.
Con estas expectativas de corto plazo, con el empuje que muestra su dinamismo económico basado en el tamaño de una población que viene ensanchando su clase media y con las dificultades de la economía estadounidense para recuperar su dinamismo en los próximos 3 ó 4 años, es previsible que en la década que inicia China acorte fuertemente la diferencia que hoy la separa de la principal economía del planeta.
De lo que no hay duda es que una de las consecuencias de la crisis económica global es el posicionamiento de China como una potencia económica, cuyo dinamismo promete convertirla en el líder global.
La pregunta ante esta realidad, prácticamente inevitable, es: ¿Qué está haciendo México para ‘engancharse’ a la economía más dinámica del mundo y una de las dos potencias económicas del orbe? ¿Acaso México debe estar condenado –por su sobreexposición comercial con EU– a replicar inevitablemente los ciclos económicos estadounidenses sin que construya ‘amortiguadores’ estratégicos que limiten estos riesgos?
Un vistazo de los discursos públicos sobre el comercio exterior hace pensar que cuando los funcionarios gubernamentales se refieren a China, se maneja un discurso en el que se encasilla a la potencia asiática como competencia y no como un socio comercial estratégico –que debería ser– para el crecimiento sostenido a partir del comercio exterior con los jugadores más dinámicos del mundo.
Cualquier revisión rápida de las cifras del comercio exterior hablan por sí solas de la lejanía estratégica de México hacia China; un verdadero pecado para cualquier estratega económico. Un dato es revelador: Brasil exporta a China diez veces más que México y Chile lo hace cinco veces más que nuestro país (véase un gráfico ilustrativo sobre las exportaciones a China de los tres países en la página 18 de esta edición). Perú y Colombia también han incrementado fuertemente sus exportaciones y relaciones de inversión con la nación asiática, lo que explica el comportamiento positivo de las economías sudamericanas durante y después de la crisis global.
El dato de la balanza comercial México-China es abrumador. En 2009 las exportaciones mexicanas a China fueron de 2,208 mdd –una cifra ridícula que sólo representa 1% de las exportaciones totales del país–, a diferencia de las importaciones chinas que realizó México en ese año y que alcanzaron los 32,529 mdd o casi 14% de las compras externas totales. El saldo comercial, a simple vista, arroja un brutal desequilibrio.
Además, mientras México sigue amarrado al tren de la economía estadounidense, la economía china está ampliando su influencia más allá de sus fronteras y, por ejemplo, está amarrando proyectos con Brasil, Chile, Perú y Venezuela. Algo que para México no está en el radar.
Un tercer dato confirma la ausencia de China en el radar mexicano: China está rebasando a México y Canadá como el principal proveedor de productos a EU. Según cifras de 2009, EU compró a China productos por un valor de 296,400 mdd, comparado con 224,900 mdd de Canadá y 176,500 mdd de México.
De esta forma, la pregunta es intencional: ¿Qué está haciendo México para treparse al enorme tren que tripula China?Por ahora nada, pero deberá hacerlo. Es un asunto de vital importancia para el futuro de la economía mexicana.
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